miércoles, 20 de mayo de 2009

FESTIVAL DE CANNES 2009

CANNES NO ROMPE SU ABRAZO A ALMODÓVAR
Boyero y Guitierrez desde Cannes, comentan la presentacíon de "Los Abrazos rostos"
También la crítica de Boyero, luego del estreno de la cinta en España en marzo de este año

Carlos Boyero , El País
20 de mayo del 2009

Aunque intente hacer malabarismos con su tiempo es imposible para alguien con el deber de hacer la crónica de esa cosa tan extenuante llamada Festival de Cannes que le ofrezcan reposo a su cuerpo y a su retina durante más de cinco o seis horas, ya que la primera y obligada visión de las películas que concursan en la sección oficial es a las ocho y media de la mañana, horario legañoso y nada adecuado para captar las esencias de los presuntos manjares. Por ello, no es extraño que abunden en la sala los suspiros prolongados e incluso los soeces ronquidos, lo cual no impide que algunos de los comprensiblemente soñolientos expliquen después con análisis orales o escritos, pero inevitablemente profundos y comprometidos, las claves y los mensajes de esas obras preferiblemente vanguardistas.

En medio de tanta fatiga, supone un alivio importante para las cansadas neuronas, y sobre todo para el disfrute de la cama, haber visto anteriormente a su estreno en los festivales alguna de las películas que van a exhibir. Por tanto no he ido al pase de "Los abrazos rotos", pero compañeros con más sentido de la responsabilidad y dispuestos a informar de la acogida que ha tenido en la sala la última película de este Almodóvar por el que Cannes siente ancestral adoración (testifico que ese amor incondicional se prolonga al resto del mundo, pero lo que más mola es que te hayan descubierto y santificado los cultísimos intelectuales franceses, que son los que saben mogollón del arte auténtico) me comunican que ha habido muchos aplausos y ningún abucheo, lo que confirma el intacto prestigio de Almodóvar en este templo del cine trascendente.

Posteriormente, escucho en el encuentro de Almodóvar con los medios españoles su lúcida explicación del amor que le tienen los franceses. Se debe, a diferencia con España, a que aquí los críticos ven su cine sin prejuicios y de forma objetiva. También resalta que abundantes y distinguidos espectadores de Los abrazos rotos le han comentado que la primera vez se han sentido impresionados, pero que necesitan una segunda visión para paladearla y analizar con más tranquilidad los mecanismos que han provocado esa emoción. En mi caso es todo lo contrario. La primera vez que la padecí me resultó pretenciosa, aburrida y hueca, pero la segunda me resultó exclusivamente grotesca esa indagación en la pasión, la creatividad cinematográfica y no sé cuántas movidas más. Intenté explicar mis desagradables sensaciones en este periódico cuando se estrenó en España Los abrazos rotos. O sea, que no tiene sentido algo tan inútil y fatigoso como volver a repetirme. Al parecer, me estoy perdiendo algo importante. Eso me ocurre por ser prejuicioso y subjetivo, por no saber apreciar la belleza y la complejidad que a tanto espíritu cultivado ha resultado transparente. Tendré que cargar eternamente con mi lamentable miopía y mi carencia de sensibilidad ante la volcánica historia de amor entre el manipulado director y la atormentada amante del mezquino millonario empeñada en ser actriz.

"Vincere", dirigida por Marco Bellocchio, aquel señor italiano que nos perturbó hace tanto tiempo con su primera y feroz película Las manos en los bolsillos, pero que nunca prolongó aquel placer a pesar de su larga filmografía, se propone reivindicar la sufrida figura de Ida Dalse, una amante de Mussolini que entregó su cuerpo, su alma y sus posesiones al futuro Duce y que parió al primer hijo de éste. Cuenta la enloquecida búsqueda de esta mujer rechazada a lo largo del tiempo para que el dictador asuma la paternidad de su hijo. Bellocchio narra esta desgarrada historia combinando el tono operístico con los documentales de la época que plasmaban el esplendor del fascismo. Lo hace con inequívocas pretensiones de arte, pero casi todo resulta chirriante, esperpéntico y forzado. Te da un poco igual la obsesión de la abandonada, la egolatría de su seductor, el retrato histórico de una época convulsa y sombría.'Vincere', de Marco Bellocchio, reivindica a una amante de Mussolini.

Foto: Photo Agency

ABRAZOS PARA "ÉTREINTES BRISÉES"
Pedro Almodóvar reconoce que en Francia es más querido que en España. Especialmente en el Festival de Cannes.

Luis Martínez, El Mundo
20 de mayo del 2009

"Almodóvar orquesta un vals cromático sutil que marca el peso de la tragedia". Ole. "Se sale de la proyección con un extraño sentimiento de dolor contenido y de tranquilidad. Todo mezclado". Otro ole. Las dos frases corresponden a la revista de cine 'Positif', es decir, y junto a la más célebre 'Cahier du Cinema', uno de los 'sancta sanctorum' de la cinefilia francesa que, a fin de cuentas, es la que cuenta. 'Cahier', por su parte, hace otro tanto y recibe la película del manchego postrada de hinojos. Hasta le ofrece una tribuna al director para que se explaye sobre la movida y la 'Nouvelle Vague'. "La verdad", contesta el propio Almodóvar a tanto piropo, "es que me siento más querido en Francia que en España. Es lógico, quizá, aquí me conocen menos y me analizan con más objetividad". No en balde, Pedro ha pasado por todo en Cannes: ha sido miembro del jurado; ha ganado la Palma a la mejor dirección por "Todo sobre mi madre"; con "Volver", el reparto femenino entero se llevó premio, y 'La mala educación' vivió su estreno mundial en el Teatro Lumière. ¿Para cuándo la Palma de Oro? "Yo me voy el viernes de Cannes... pero si tengo que volver el domingo, vuelvo".

Sea como sea, "Los abrazos rotos" gustó en su proyección ante la prensa internacional. Más allá del caprichoso aplauso (se aplaude a todo el mundo menos a Von Trier), lo que cuenta es que el público no se despega y responde a cada uno de los estímulos de la película. Cuando sale Carmen Machi rompen a reír; cuando Penélope se dobla a sí misma delante del hombre traicionado, se escucha como las uñas hacen presa en los reposabrazos. Definitivamente, 'Étreintes brisées', así se llama, ha gustado en la Croisette.

Más pruebas. A pesar de que en la comparecencia de prensa, el director estuvo más espeso que en otras ocasiones (cosas de las noches largas), se gustó y gustó. ¿Cómo trabaja con los actores? "Ellos son la pieza fundamental de mi cine. Durante los rodajes llego a interpretar yo mismo todos los papeles. Lo que divierte bastante al reparto. En una ocasión, en mi quinta película, llegué a hacer un cunilingüis para explicar bien lo quería". Risas. ¿Por qué escribe tantos personajes femeninos y tan pocos masculinos? "No sé. ¿Hay algún psiquiatra en las sala?". Más risas. "Hasta los ocho años, me crié con mujeres. Crecí con una generación de mujeres que hizo posible que España sobreviviera a la posguerra. Gracias a ellas tenemos un par de centímetros más... de altura". Vuelta a reír. Bromas inocentes con una audiencia entregada.

Por lo demás, y a vueltas con sus últimas preocupaciones, Almodóvar habló de la necesidad de recuperar la memoria, la memoria histórica. "Es algo que nunca me han preguntado sobre 'Los abrazos rotos', pero creo que es un asunto fundamental en la película: lo necesario que es, llegado un momento, recuperar, por doloroso que sea, el pasado". Adelantó que, entre los cuatro guiones que maneja para su próxima película, uno de ellos gira alrededor de la vida de Marcos Ana: "Me gustaría que él, que ahora tiene 89 años, pudiera disfrutar de la película terminada. Aunque está estupendamente de salud". Prometió que, a partir de ahora, habrá más personajes masculinos en su cine. Y se extendió sobre los dos proyectos en marcha en EEUU a vueltas con el guión de 2Mujeres al borde de un ataque de nervios": "Uno de ellos es para la cadena de televisión Fox, que, dicen, será una serie eterna. Y otro es una comedia musical para Broadway de la que se encarga el mismo que hizo 'South Pacific'".

Y dicho lo cual, no se fue sin declarar su amor a Cannes: "El cine mejora la vida". Más aplausos, más abrazos. "Etreintes brissées" se estrena mañana en Francia. A partir de ahora, francesa pues.

Foto: Kristian Dowling/Getty Images Europe


¿QUÉ HE HECHO YO PARA MERECER ESTO?
"...me asomo a "Los abrazos rotos" con esperanza, intentando no volverme loco con el alud promocional que están montando el genio de La Mancha"

Carlos Boyero, El País
18 de marzo del 2009

Con nula perspicacia e irremediable antipatía pensé ante los primeros largometrajes de Pedro Almodóvar, tan celebrados entonces y añorados ahora por tantos espectadores que se declaraban seducidos por la frescura, la irreverencia, la modernidad, el humor, el posibilismo, la originalidad y el estilo del gurú de aquella cueva de impostura con pretensiones artísticas y lúdicas denominada movida, que la pasión que despertaba su cine entre la vanguardia obedecía a esa cosa tan provisional y epidérmica llamada moda, que sus hilarantes chapuzas fílmicas retratando a una fauna estratégicamente pintoresca y autoconvencida de que los tiempos estaban cambiando serían flor de un día.

Prejuicioso y maniqueo, me costó admitir ante la magnífica ¿Qué he hecho yo para merecer esto? que este hombre estaba dotado de un notable talento expresivo, una pasmosa facilidad para introducir el surrealismo en personajes y situaciones cotidianas, para reproducir con tanta gracia como desgarro la realidad, para plasmar el argot de la calle y el ritmo de la vida, para crear una tipología de seres humanos y de historias tragicómicas con el sello de su universo.

También era evidente que su certidumbre de que era un artista estaba afianzada, que su lenguaje, su tono y sus obsesiones conectaban con una masa notable, con la élite y con los intelectuales, los snobs y los experimentalistas, el diseño y las tendencias. Igualmente desarrolló, como Warhol y Dalí, un sentido impresionante de la autopromoción, de vender inmejorablemente y a nivel internacional hasta el mínimo suspiro que exhala su irresistible personalidad.

Consecuentemente, su cine jamás ha conocido el fracaso comercial, el público se siente en el placer o en la obligación de pasar por la taquilla, independientemente de que salten en estado orgásmico o echando espuma por la boca, su prestigio es absoluto en cualquier lugar del mundo supuestamente civilizado, rodeado de halagos y de esa atención masiva que él sabe crear y que pueden elevar el narcisismo a límites de frenopático, trascendente y progresivamente barroco, consciente hasta la náusea de que cualquier cosa que lleve su firma es un acontecimiento cultural y sociológico.

Y en ese prolífico e hiperpublicitado camino hay aciertos espectaculares como los de esa comedia modélica titulada "Mujeres al borde de un ataque de nervios" o el sentimiento en carne viva de "Átame", momentos y secuencias en las que la inteligencia, la sensibilidad, la audacia, el sentido crítico y la mordacidad de este hombre alcanzan el esplendor en la hierba. Y también bastantes y enfáticos disparates, pretenciosas reflexiones, cine tan hinchado como hueco, vampirismo estratégico de todo lo que su olfato intuya que está de moda en el mercado artístico, tormentos y emociones de plástico aunque pretendan ir lujosamente vestidas, control absoluto en la gestación y el lanzamiento de sus criaturas, la molesta sensación de que hay demasiado cálculo en su permanente ambición de crear arte trascendente. Hablo en primera persona, por supuesto. La expectación que desata su cine, los infinitos premios, el boato que rodea a su obra, la condición que le adjudican de cineasta profundo e inimitable pueden rebatir en cantidad y calidad mis innegociables opiniones respecto a este frecuente y magistral vendedor de humo.

Y a veces te sorprende gratamente. Después de aquella insufrible, cursi y seudolírica oda al violador enamorado en "Hable con ella" y del retorcimiento espeso y sin gracia de los traumas y los fantasmas de infancia en la grotesca "La mala educación", Almodovar habló con brillantez, complejidad, fluidez, dramatismo, encanto, de seres y sentimientos que conoce en la espléndida "Volver".

Y en función de su anterior película, me asomo a "Los abrazos rotos" con esperanza, intentando no volverme majara con el alud promocional que están montando el genio de La Mancha y su oscarizada musa, con la certeza de que me voy a encontrar el careto de ambos hasta en la sopa. Se supone que es un intenso tratado sobre la pasión, la pérdida, el recuerdo y la supervivencia. Hay un guionista ciego que alguna vez vio y fue director de cine. Su dolor parece resignado. Le cuidan una eficiente señora y su discotequero hijo. Inicialmente no te provocan demasiado interés, aunque deduces que hay pasado borrascoso, misterios por aclarar, que Godot va a aparecer. La temperatura emocional es tibia, ni lo que dicen ni lo que hacen presagian que el pasado de esta gente te vaya a remover.

Y aparece la femme fatale. Se lía con un tiburón que para no perderla pretende consumar los sueños de ella, hacerla estrella de cine con un director de primera clase. Pero llega el amor en medio del arte, y los cuernos y la atroz venganza del despechado e implacable villano. Y sigo como un témpano, no dando crédito a los forzados diálogos que escucho, sin que me salpique lo más mínimo el supuesto volcán que está acorralando a los amantes, ni las doloridas y metafísicas reflexiones sobre las heridas irreparables del creador cuando manipulan y alteran el montaje de esa obra amada en la que ha volcado su alma.

Hay infinitas referencias y homenajes a varios clásicos del cine para que captemos el compartido y penetrante mensaje sobre la creatividad que plantean Almodóvar y sus colegas del alma. Y los sentimientos pretenden estar en carne viva, pero como si ves llover. Y lo que observas y lo que oyes te suena a satisfecho onanismo mental. Y no te crees nada, aunque el envoltorio del vacío intente ser solemne y de diseño. Y los intérpretes están inanes o lamentables. La única sensación que permanece de principio a fin es la del tedio. Y dices: todo esto, ¿para qué?

Foto: El Deseo

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